Cuentos nuevos


Breve alegato de un caballo a punto de ingresar en el matadero


¡Que K vaya al castillo! Igual, no lo alcanzará. Kafka jamás hubiese permitido que K llegase al castillo. Antes, se hubiese muerto, hubiese quemado su obra. ¡Antes, habrían cantado las ratas!

23 de abril, 2008







Quién


Hace cerca de un año, en la calle, me encontré un Quién. La gente es descuidada y anda siempre perdiendo cosas, eso ya se sabe, pero es difícil perder un Quién. Casi hay que proponérselo de tan difícil, y ni siquiera. La cuestión es que allí estaba: solito, sentado en el cordón de la vereda. Y no era la primera vez que veía algo así, aunque parezca mentira. Dos semanas antes, iba en taxi por una avenida y vi también uno, pero a éste no se lo notaba muy preocupado: caminaba lo más campante, con aire displicente y creo que hacía ese jueguito de no pisar ciertas baldosas. Como nos frenó un semáforo y además había un tráfico infernal, pude seguirlo varias cuadras. Lo curioso es que la demás gente ni lo miraba. Y se ve que él disfrutaba de eso, porque a veces se paraba en medio del camino y el viandante que iba en su dirección lo esquivaba sin llevarle el apunte.
El último momento en que lo vi, fue cuando cruzaba la calle justo por delante del taxi en que viajaba yo. Ahí fue cuando tuve la oportunidad de observarlo más de cerca y me di cuenta de que, por mucho que se las diera de independiente, tenía también, aunque trataba de disimularlo, ese indefinido aire melancólico y perdido que tienen todos.
En cambio el que encontré hace un año –hoy, parece mentira, hace un año ya que lo tengo rondando por la casa– se hallaba en un estado lamentable, que movía a compasión, pese a que nadie –gente insensible– se inquietara en lo más mínimo por él. Estaba sentado en una esquina, sobre un colchón sucio, con el cotín lleno de manchas que parecían de herrumbre y de hollín; tenía también unos pedazos de cartón corrugado con los que se abrigaba porque hacía mucho frío.
Por supuesto, a mí sí logró conmoverme, aunque es de imaginar que él, por propia voluntad no intentaba concitar mi simpatía ni nada de eso. Pero cuando vio que yo lo veía no pudo evitar echarme encima sus ojos tristones.
Después de mucho pensarlo, me lo llevé a casa. Sé que todo Quién es por naturaleza un solitario y que además no se relacionan para nada con otros Quién. Ni se miran siquiera, como si no existiesen unos para otros. No tienen ese espíritu gregario que uno podría suponer de inmediato porque parecen un puro deseo de compañía. Al menos ésa era mi opinión y pensé de inmediato que mi Quién se alegraría enormemente en cuanto viera que venía otro a casa. Ya me lo imaginaba yo, moviendo la cola como un perrito, dando saltos de contento. Más todavía: creía verlos a los dos a las corridas por el jardín, buscándose y escapándose uno de otro, o escondiendo esas cosas que nunca pude averiguar qué son y que un Quien se pasa todo el tiempo ocultando de la mirada de su dueño con mucho celo.
Seguramente, mi optimismo era egoísta y no me gobernaba sólo el altruismo: ahora, no me sentiría tan desolado y con esa obligación permanente de hacerle compañía al mío.
Para mi sorpresa, no se llevaron ni se llevan el apunte. Tampoco se celan, lo que es una ventaja: supongan ustedes lo que sería mi vida si se tuvieran celos; si compitieran por ejemplo por ser mi mejor compañía.
Una cosa notable, sin embargo, es que comparten con toda naturalidad las cosas que esconden. Puedo ver cuando uno de los dos va y guarda algo y el otro va y lo saca, lo estudia; a veces parece encontrar alguna peculiaridad y se la muestra al otro, incluso con una insistencia extraña, como irritado porque el otro no ve, evidentemente, lo que se le señala. Igual, eso sí, lo hacen con incomodidad porque saben que estoy ahí, acechando, tratando de entender qué es. Quiero decir, en realidad yo veo nada más que sus espaldas pero me doy cuenta de lo que están haciendo.
           ¿Qué será lo que guardan?, me pregunto, ¿qué será?, ¿no?

14 de abril de 2012






Un pez poco vistoso


En el Acuario de Villa Crespo, hay un pez que dice la suerte. Es algo del todo increíble, ciertamente. En efecto, ¿cómo habría de lograr semejante cosa un pez?
Sin embargo, ¡ah, el ingenio humano!, el avispado Director del acuario ha ideado un método, cual es leer las burbujas que el pez despide por la boca, en tanto que un empleado, hombre de pocas luces por otra parte, ha sido enseñado –según dichos del propio funcionario– para interpretarlos.
Lo que no cuentan, y eso en Villa Crespo lo sabemos de primera mano, es que la verdad es muy otra: el hombre bien entrenado, el empleado, resulta ser, en realidad, el vate, y no el pez.
Tal parece que son más creíbles las dotes adivinatorias de un pez –por muy escasamente vistoso que luzca– que las de un hombre de pocas luces.
            Pero, es claro, no deja de ser un fraude.

15 de noviembre, 2007






La Casa de los Archivos


A la Casa de los Archivos se la ha venido devorando una especie de musgo progresivo. Por ahora, dicen los archivistas, está en el primer piso, que es el más húmedo. Pero parece indudable que no se detiene y hay, incluso, quien afirma que ya sube las escaleras. Salvo el inconveniente de que resulta malsano convivir con esa peste, el hecho no parece inquietar, de todas formas: el musgo se extiende sobre la tinta de los documentos, que es su verdadero pasto, y no tiene interés en el papel, de manera que su cuerpo mismo reproduce los contornos de la letra como si la calcara. Además, cuando ya se ha devorado toda y no tiene alimento, simplemente se muere y allí queda. Incluso, con mayor ventaja que la tinta, porque se seca y se pone de una solidez tal que, si se rompe el papel, el trazo permanece intacto y sólo es necesario trasladarlo a un folio nuevo.
No se sabe, entonces, por qué están así de inquietos y apesadumbrados y temerosos los archivistas. Pero yo, que trabajé allí durante años aunque sólo lo hice como empleado de la limpieza, me lo puedo imaginar: de tanto tiempo que he estado en la Casa de los Archivos, todavía noto que algo de tinta corre por mis venas.
            Además, existirá una plaga que guste de ese musgo en particular. Así son las cosas. Es la ley.

31 de octubre, 2007






Un monstruo


Ayer vi un monstruo. Como se lee: un monstruo con todas las letras. Siempre había querido ver uno pero no había tenido esa suerte nunca.
Estaba en la plaza. Primero descubrí un grupo de gente reunida en una ronda y, de curioso nomás, me acerqué. Una señora que llevaba una torta, bien envuelta y colgando, por medio de una cintita, de uno de sus dedos, me miró y me dijo en voz baja, como si mis movimientos lo fueran a espantar: “Es un monstruo”. Otras mujeres iguales a ésta se dieron vuelta indignadas y reclamaron silencio. “Se va a espantar”, oí que se decían entre ellas con escándalo apagado.
Yo, de a poco y con disimulo, me fui abriendo paso y por fin pude verlo.
El monstruo estaba tomando sol y se notaba claramente que lo era. Supongo que no se daba cuenta de que lo rodeábamos o bien estaba acostumbrado, tan acostumbrado que ni nos miraba y seguía sentado, tranquilo, con una mansedumbre que daba envidia.
Había dejado su sombrero a un costado del banco que ocupaba y un bonito bastón con puntera de bronce labrado y empuñadora de alabastro. Su cabeza era noble, con el pelo fino y blanco, escaso además, de manera que tenía algunas entradas, pero estaba bien cortado y peinado hacia atrás. Como yo lo tenía de perfil, podía ver un rostro agradable, de nariz recta y apenas un respingo en la punta, la boca fina y el mentón delicado aunque tal vez, por causa de la edad, una leve papada le caía sobre la corbata. Sus pómulos eran altos y las mejillas más bien descarnadas.
Era notorio que disfrutaba realmente de la primavera y el aire libre. Por lo menos, me pareció que sus pestañas claras y largas se movían apenas, al son de su respiración o de un parpadeo que no obedecía, de eso estoy seguro, a que de pronto se hubiese sorprendido o se alertara ante nuestra presencia, sino más bien, creo, el motivo era una suave brisa que parecía sorber con todos sus sentidos.
Era, en suma, un monstruo elegantísimo y yo estaba muy contento de que fuera ése el primero que me tocaba ver. Tenía un traje gris oscuro, casi negro, con delgados listones verticales de color casi blanco, y una cadenita de oro cruzaba su chaleco de bolsillo a bolsillo a la altura del abdomen.
Había montado una pierna sobre la otra, de modo que pude verle uno de los calcetines, que no le ajustaba bien y, entonces, se le enrollaba un poco cerca del tobillo. Pero era un calcetín muy distinguido; eso se notaba en seguida. Armonizaba a la perfección, además, con la franela de su traje, y también su calzado era finísimo. De charol, seguro. Tenía esos puntitos, como diminutos agujeros hechos con un alfiler.
En síntesis, estaba muy feliz con mi monstruo. Lo mismo, los demás. Nadie tenía miedo, ni recelos, ni quería, se me ocurrió a mí, otra cosa que observar su apostura. Todos estábamos aliviados de que no hubiera chicos cerca, porque ya se sabe cómo son los niños. Pero es claro: siempre surge alguien que no se pone a tono.
Un hombre de anteojos y con una barba candado, vestido con tanta elegancia como el monstruo, quiso despertarlo para ver qué hacía. Tal vez pensó que, si se encontraba con que estaba rodeado de gente, se comportaría con amabilidad, como si, en realidad, considerase que, en una circunstancia distinta, lo haría groseramente. Entonces, con la punta de su bastón —tenía uno muy parecido, aunque creo que la madera no brillaba tanto ni el cincelado de la puntera era tan exquisito— le tocó el hombro.
Ni qué hablar del revuelo que causó el imprudente. La señora que llevaba la torta, que había sido tan amable de avisarme de su presencia, ahogó un gritito que se extendió, con igual sofoco, a toda la ronda, y así, aunque cada uno, en sí mismo, resultaba apenas audible, sumados unos a otros, sí que se escucharon.
El monstruo giró pues la cabeza, mirándonos. Estábamos paralizados de miedo, pero parece que inútilmente porque su boca sonreía con una timidez indescriptible; en cambio, de los ojos grises colgaban algunos lagrimones lentos, suaves, con una pena como nadie podría imaginarse.
Eso duró un rato, nuestros ojos y los de él se miraban como si fuera demasiado triste que no pudiéramos reconocernos y estuviésemos tan lejos. Después, la cara y las manos se le cubrieron de escamas, no como las de los peces ni como las de las heridas cuando cicatrizan, sino muy raras, pero aunque parece horroroso no resultaba desagradable. Por lo menos, para mí; para los demás, tal vez sí. Se notó en el hecho de que la ronda se disolvió en una especie de estampida. Pero, ¡oh, la curiosidad humana!, sólo se habían alejado unos metros y allí se quedaron, formando un nuevo círculo. Vi, incluso, que la señora de la torta me hacía una señal con la mano libre, invitándome a tomar distancia del monstruo.
A mí, no me importó, sin embargo; no me dio miedo y era, como ya conté, la primera vez que veía un monstruo: no podía desaprovechar la ocasión.
Por otra parte, estaba fascinado con esas escamas raras que lo cubrían cada vez más y me recordaba a los apicultores con la cabeza cubierta de abejas. No veía que le molestara, de todos modos. Estaba quieto, en la misma posición, y movía el pie en el aire igual que antes de que todo eso sucediera. Noté, donde tenía como derramado el calcetín y dejaba al descubierto una franja de piel, que también allí le habían crecido escamas.
Entonces, hizo algo imprevisto: se sacudió, en una especie de convulsión, aunque sin abandonar su postura; fue algo así como un perro cuando sale del agua.
Todos se alejaron varios metros más, pero yo no.
Las escamas, después de esa maniobra, se desprendieron hacia arriba, para caer lentamente, como diminutos copos de nieve, con esa misma levedad un poco sobrenatural, y apareció de nuevo el monstruo, tal cual estaba cuando las escamas todavía no le habían aparecido: quieto y disfrutando del sol, salvo que cambió la posición de las piernas, invirtiéndola.
Como yo me encontraba más cerca que los demás, me di cuenta de que se ruborizaba un poco y volvía a cerrar los ojos, quizás ahora por la vergüenza que sentía de haber realizado un acto seguramente íntimo frente a tantos testigos. En cualquier caso, su tez rosada como la de un recién nacido, aunque con las marcas de la ancianidad, enrojeció apenas en las mejillas y, en realidad, sólo unos segundos.
Yo no sé qué expectativas abrigaba la gente, qué escenas deseaba ver o qué quería comprobar; de cualquier modo, es evidente que la curiosidad humana es cruel; cuando los escritores hablan de curiosidad malsana, no hacen, pienso yo, otra cosa que escribir, en verdad, sobre la curiosidad humana.
Las escamas se habían elevado en la suave brisa, todavía flotaban en el aire y las miraban con un brillo inescrupuloso en los ojos; incluso, también la bondadosa señora de la torta mostraba esa codicia mientras iban cayendo, aún lejos de sus cabezas. Pero era cuestión de un momento que las alcanzasen y ya levantaban los brazos ávidamente hacia ellas. “Sin duda son semillas”, murmuraban, sabihondos.
Tampoco yo, aun cuando vi que todos los que ya poseían alguna de esas excrecencias del monstruo se desilusionaban e inclusive, luego de soltarlas con una completa falta de interés, enojados como si acabaran de ser estafados, se marchaban, pude evitar la curiosidad y extendí una mano para que esos copos, escamas o semillas se me posaran en la palma.
Me llevé una enorme sorpresa, porque lo que tenía en la mano era una letra.
¡Pero una letra verdadera!
Por supuesto, yo, igual que todos, había visto imágenes de letras. En libros, en carteles, en el cine, en la inmensa cantidad de impresos que agobian el mundo. En todas partes, hay imágenes de las letras, pero nunca en mi vida había visto una verdadera.
Así que ayer fue un gran día para mí: no sólo es la primera vez que vi un monstruo, sino que además, también vi por primera vez una letra.
¡Y la tuve en mis manos!
            Pero parece una verdad que a la gente no le gusta leer.

17 de octubre, 2007

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