Andado poesía


En el año 1989, publiqué Andado poesía -tuve el honor de que me lo elogiara Nicolás Rosa, tiempo después, aunque no lo convenciera el título, en lo que hoy coincido-, en Ediciones de Cero, editorial que fundamos con Juan Lagomarsino.


Varias cosas quiero decir sobre este libro:
En primer lugar, que lo escribí en épocas en que coordinábamos talleres con Maite Alvarado y María del Carmen Rodríguez y les llevaba seguido algún poema de los que luego conformarían Andado poesía. Debo mucho a sus cariñosas lecturas.
Segundo, en el prólogo se explicitaba una poética. Estaba escrito por mí y Aníbal Ford -por entonces director de la Carrera de Comunicación de la UBA, de la que yo era Coordinador Técnico- se reía y me cargaba con que yo había escrito las poesías, yo había escrito ese prólogo y yo lo había publicado. Estábamos en plena hiperinflación.
Tercero, el libro lo armó la editorial y librería Biblos, bajo la dedicada y amable atención de mi amigo Miguel D'Amato.
Cuarto, que fue la última vez que escribí poesía. De ahí en más, a lo mejor para alivio del género poesía, me dediqué a la narración, salvo contadas veces pero que no constituyeron un proyecto.
Además, algunos de los poemas aparecieron por primera vez en una antología que habíamos publicado en el taller de Grillo della Paolera, en 1982, en la editorial Botella al Mar, bajo el título Poesía varia.
Por último, el libro fue presentado en el querido bar El Taller, de la Plaza Cortázar, en Serrano y Honduras.


Figuran acá las dos primeras partes. Las otras dos restantes las iré publicando más adelante.


Aunque originalmente tenía sus dedicatorias, quiero ahora, en esta nueva edición, dedicarlo a los que arriba mencioné.


Muchas gracias


Hugo R. Correa Luna

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ANDADO POESÍA
Hugo R. Correa Luna 

A mis padres y a mi ahijada Mercedes


 Prólogo a Andado poesía 

Parecemos dominar la naturaleza, valernos de ella para fabricar con sus secreciones una segunda naturaleza a la que es dócil la primera; sin embargo, no deja de confundirme -y alegrarme- la idea de que no es tan así, de que el mundo continúa su propia marcha y, piadoso, nos concede una escena, una simulación que consiste en que creamos en ese dominio. Así, de observadores pasamos a ser observados y, cuando la obra termina, cuando se ausenta nuestro gesto de amo, cuando ya no estamos presentes, esa naturaleza goza con sus propias reglas, sigue su juego del que ya no participamos.

En esa concesión hay piedad pero también temor, de ahí el ocultamiento; fuimos sus cómplices cuando éramos chicos y no estaban nuestros padres.

Ese temor es el de contrariar nuestra soberbia, nuestros caprichos. Pero hay dos seres que desafían la mirada del hombre y le insinúan continuamente el doble juego; por lo menos, las antenas de la cucaracha -que vemos acechar en los resquicios de la cocina- presagian con claridad el desarrollo de una comedia a la que nunca asistiremos; lo mismo ocurre con el gato, que nos mira sonriente, frunce los ojos con burla, se hace acariciar y permanece, sin embargo, secreto y distante, apresándonos con su ironía.

Ese modo de pensar algunas cosas es uno de los trayectos elegidos para escribir estos poemas. El lenguaje padece de las mismas condiciones: no es dócil, es esquivo. La poesía, menos pretenciosa, se entrega a la naturaleza secreta del lenguaje, a esa primera naturaleza, para dejarse decir por ella.

Ésa es el arma o el camino por el que podemos regresar a la primera naturaleza, a la primera mirada. Después de todo, nombrar al sapo, a la mariposa, a la mesa, es volverlos hombre, pero también es reunirlos con lo que ellos tienen de hombre o, mejor, con lo que tenemos de sapo, de mariposa, de mesa.

Agosto, 1983










I. El tiempo





Marzo en el mar



Resuella herido el mar,
el pujante pulmón desplomado
y la sal de lomos corcoveantes,
una lengua de agua se adelanta en la arena:
ya es marzo en ese sol
de abrigados pescadores.


Con pesadez de médano
arrastran tierra adentro
su sombra los bañistas;
arrea la costa la luz
difundida en relumbre de maderas,
horizontales redes abrazando el viento.


El boyante abandono
de latas, de naranjas, baldes,
diarios,
pelotas, una almeja,
trapos, palas,
banderas, más almejas,
pozos, paletas, huesos, cielos, troncos,
estrellas y sandalias,
una almeja,
anteojos, plásticos y sogas,
papeles, naipe, escamas,
almeja, llave, envases,
arena, espuma, despedida.


Y atrás el rugido,
la arrogante rosa de acero,
la blanca ceniza de las olas.


Qué dios no fue feliz
en esa potente lágrima;
qué septiembre
dejó en celo tanta agua.


Mansamente se posa
en la sombrilla una gaviota
y deja
caer
su grito.

(1981)







Oración por Horacio



Gordas nubes con gordura de lluvia,
el canto es una estrella,
un enclave de relámpago en invierno,
espasmo de la luz,
el frío es un eterno gustador de vinos:
vale escanciar bajo un techado
rítmico en golpes del agua.


Devora junio almacenando
y se le engrosan las raíces,
grave la luz desoye el canto y huye,
ya es todo mudamente subterráneo
en la rotunda preñez del humus,
y cómo huele invierno a fuego, a nada,
territorio recóndito el hogar.


Ahora adelanten ferozmente
las caderas las muchachas,
envuelva invierno toda alcoba
en tierno aroma de almizcle domeñado,
ya se tiznen las cocinas
y el guiso espeso acuda pronto a cada mesa.


Ocúltate, Horacio, a esperar los frutos,
hasta cumplirse un ciclo,
todos los vientres se hinchan
y canto marca el paso del invierno;
mientras aguardamos el caldo
algo se hace viejo para siempre:
las estrelladas manos de la noche
oprimen para quién la luz del día.

(7 de diciembre de 1984)








Estival


Oh luna, cuánto abril.
Jorge Guillén


La distancia del ojo a la ventana
(polvoriento el rayo adentro).
Consume la pupila las puertas de la luz:
el cristal, la arboleda,
el llano, todo el cielo,
un temblor de horizonte.


(Bajo la copa del sauce
llora y muere el sol).


Se ahonda el tiempo entre las vastas ramas;
derramando las horas
la sombra recluida
en el peso del silencio
(estallido en ciernes:
inclinando la espalda el día),
de cuclillas, el verano orina
los postrados hocicos de los perros,
se lleva la sombra
la entornada frescura de los ojos,
el húmedo carbón de las narices.


La presteza del gato:
ya se espanta de pájaros el aire.


Ah, la sombra y la gloria,
la entrevista dulzura de la siesta.


Sopla suave un viento
entre múltiples chicharras
y un vuelo de moscardón ciñendo va la tarde.


Tanto enero en la luz.
Tanto sol resumido en blandos frutos.


(De reojo la ventana
está remando hacia otra orilla
y una brizna de pasto empuja el alma).

(1981)









Olivos, Ignacio, elegía



En Olivos, los sábados,
las tardes se pintaban en los techos
y la fiesta del verde en cada rama;
un aire de eucalipto en esa historia
y sin lluvias.


Asado al mediodía,
el truco, el vino, siestas y guitarras,
pero qué grandiosa nada
con luces muy heroicas en los labios,
y sueños de coraje era el pasado.


Mintiéndose a sí misma la palabra:
peso y memorias nuevas,
en el pasto y la gloria de una morera y el tilo,
los amigos, los patios,
                      el mundo puesto a prueba:
bello transcurso de zonceras;
la tarde era una tregua de varones:
para la noche amantes inventadas,
seducciones fantásticas:
de labios rendidos y adolescentes muslos
se quebraban
                            las voces.


(No son tontas, Ignacio, las mujeres,
pero tomábamos mate
y cantabas milongas,
                            y la tarde,
                                          el jardín,
                                                       el mundo).




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II. En el humano 
nombre de las cosas





Escoba


A César Mermet



La escoba de modestas hebras,
vuelta en oro combatiente,
libertaria del tiempo almacenado en los rincones,
heroica barba y espada polvorienta
vistiendo de áspera firmeza
la guerra cotidiana.


El estandarte rubio de la mañana
se enarbola contra todo,
contra nadie,
contra el polvo,
contra la sal del suelo
acostada en cada hueco.


Y la dulce pelusa,
la inocente pelusa,
como un íntimo olvido,
como un fruto liviano,
en lenta maduración sin luz
y alzada en densas nieblas
se deja enredar en sus cabellos.


Una danza furiosa,
no sin gracia,
dibuja círculos y eses en el piso:
se borra en el barrido
la historia cotidiana,
se pierde un mundo de pedazos,
de huellas,
de montones,
se pierde una constelación de trozos,
de retazos,
los vigentes vestigios,
las reliquias olvidadas,
los recuerdos,
todo viaja, todo, todo arrastra en ese baile,
llevándose la piel reseca de otros días.


Y el ruedo de la mañana
en danza minuciosa
así despliega un sol humilde
por los huecos de la casa;
la lanza acariciante,
el ala de rasantes briznas
entablando un sórdido revuelo
muerde el polvo,
lo derrota,
funda la alegría casera,
la doméstica esperanza.


La semana entera,
por la cabal escoba,
nace y muere.

20 de noviembre de 1983
















Mesa


A mi tío Ricardo Correa Luna


La flor del castaño,
del cedro,
la flor del nogal,
la flor de cada árbol
tiene sueños de gubias y formones;
cada estambre está anhelando
—sin saberlo—
el dolor a golpes de viruta,
las garlopas, la sierra susurrante,
el rancio olor del carpintero.


Yace en la semilla
la forma final de la madera,
se preña el fruto de una vez para siempre,
para parir en bocanadas de astilla
la llana solidez de la mesa.
Para alimentar el día,
para cimentar la sal cotidiana,
para ofrecer el caldo humilde
en los ángulos de las horas,
la arrimada ternura de las vetas,
sin abandonar
enteramente
el pétalo,
va pareciéndose corazón
o apenas suave lágrima
y empieza a ser la catedral de la casa:
primeramente el cansancio
reposa en su universo.


La firme reunión de la madera,
el duro labio del árbol,
inaugurando el territorio del pan,
concibió el olor del desayuno,
trajo el bosque a la cocina,
resistió todos los odios,
y como un diario animal,
como un pariente lejano visto a diario,
se sentó diariamente
entre nosotros
y se dejó ser mesa dulcemente.


La mesa,
como la sal y el perro,
incesantemente están forjando
la mano distante del hombre.

10 de noviembre de 1984









Jarrón




En esta arcilla abandonada
al sol que aplasta,
fija,
resquebraja
el llano ajado
en olas secas,
en hilos que destejen
una trama:
qué enjundia la del barro,
cómo juegan agua y dedos
en espeso contrapunto,
cuánta forma que crece y se desplaza
de las manos aconcadas
al volumen aconcado.


(Un sólido secreto está fluyendo
en agua, en polvo, en palmas ahuecadas,
en urdimbre de voces subterráneas
que luchan y se vencen mutuamente,
sin rencores,
rumbo a un firme rigor que se consuma).


Ah, consumada arcilla.
Oh, la fiesta de las formas:
tierra hilada en jarro.


Sé ya vientre del vino,
acequia en paz
y minúsculo estanque,
fuente perpetua,
y descansado arroyo,
y racimo enterrado,
y panal durmiente,
donde rojo, cristal y miel
esperan la última cosecha.


Suma a tu delicia
la fragancia del agua,
redondea la lluvia
y da reposo al rocío
y vestido a la miel.


(Derrámate en secreto
sobre mi alma
que un humo viejo está quemando).

1980









Sábana



Se promete voraz encuentro,
por la sábana,
el abrazo de sudor y estrella,
batalla frutal en feroz lino
por nudo frontal en fuertes bocas.


La noche tiene un traje blanco
para la carne del sueño,
un holgado copo,
una luna de trapo,
un limpio vegetal liso y tramado.


Por los pliegues generosos de la noche
se rebuscan festivas manos,
y, entre labios desnudos,
entre mojados labios,
suavemente
se derraman
en lacia copa pálida de ensueños.


La fiesta del durmiente
va creciendo en alas frescas,
cuna entre corolas de magnolia,
envolvente capullo de secretos:
el descanso tendido en fácil niebla
emprende un vuelo calmo
por las gaviotas del sueño.


Así celebra, así, la dulce cama
su viaje de áspero algodón,
por blandas llanuras de harina,
en puro pan de nieve,
en oquedad de espuma,
para acudir laxamente
a la redonda promesa matinal:


El alba anuda por sorpresa
manso al sol
entre dos párpados
y el dócil olor del desayuno.

31 de octubre de 1985

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III. Bestiario en el jardín






Sapo



Sapo a mediana superficie:
desplazamiento en sueños de agua turbia;
cambiante, furtivamente,
sucesivo
el brillo,
en flecha de alga, en borbotón de espuma.


Un alerta de transparencias
en vigilia de ojos verdes:
las olas fosforeciendo espesas,
el aire zumbante de insectos,
el entero resuello de la luna.


Inmóvil el ídolo viscoso:
verruga verde del agua,
orilla del misterio,
frío latido pero vegetal caliente,
verruga verde del misterio,
orilla inmutable del alma,
elegante torpeza del silencio,
pulso oscuro de planta inacabada
y entrada al animal,
torpe viscosidad de la noche,
planeta diminuto,
verruga verde del verde.


Repentinas se descomponen
estrellas en el agua:
dos pasos median
entre el sapo y la luna.

4 de diciembre de 1981











Hormiga


A Juan Lagomarsino



Avance de estupor acorazado
en gotas de ácido algebraico:
funda la hormiga un silencio
de pequeñas limaduras,
de paciencia distribuida en átomos,
de viviente pedregullo,
de cobre, de acero, de chispas sin sol.


Algún dios se ha dispersado
en voraces abalorios
y reúne noche a noche
su inteligencia esparcida,
su tesoro de dominio sigiloso.


Con temblor de agua metálica
la hormiga explora el pan,
destruye sabiamente nervaduras,
calcula la derrota de la luz.


Tótem y tribu, fragua,
alquimia del hongo,
lengua de bucles erizados
encendiendo
subterráneos motores de la noche.


Un recuerdo mitológico la arrastra
por las bocas en sangre de la tierra,
como tajo feroz
hecho de piedra,
derramando ese crespo abecedario
de arenas migratorias.


Una vieja escritura
va repitiendo el universo;
la guerrera viaja por los siglos
ignorando el sol, el trueno, el secreto,
y señala
en cada dios o en cada estrella
y en la hormiga
las dos caras de la misma chispa.

Octubre de 1984














Chicharra


Como si nunca cesara ya cesó
y está siempre comenzando:
nadie calla tan cabalmente
como calla la chicharra.


El verano se eriza en una voz
y a la voz le nace un cuerpo
en alas continuado,
en frondas,
en distancia;
entre el árbol y el sol,
media, crece, se agudiza la chicharra:
atravesado roce de chispas
y al azar le sobra un pájaro.
Los dientes de las horas,
recortando la intensidad de la siesta,
atan y desatan girones de luz
y un aire envuelto en astillas:
con el cuerpo del verano
limita por fuera la chicharra
por dentro con un resorte alado.


Como espadas eléctricas
gime el espacio alrededor,
o redondamente truena,
o resonante en vagos hitos,
fundando a suaves golpes
lejanías.


El verano es una estancia mítica,
una luz aguada infante,
un lento no hacer nada,
entre tenue penumbra de chicharras.


El canto se espina,
arde un cardo en voz,
quema, quebranta, penetra,
amarillo,
y el aire se envidria en la ventana
para chirriar en estallidos de cristal:
como si nunca cesara,
la siesta ya cesó
y está siempre comenzando.

Enero de 1985














Araña



La araña vistió el aire
tejiendo cuellos en el viento inmóvil,
lo enrejó de cristales, pespuntes de rocío,
y, en multiplicación de patas y de redes,
amontonó en sus silos
—como falsas barrigas de barro redondeado—
semillas diminutas,
un polen de ocho patas,
para invadir los huecos y las ramas
y derramar las tramas de trampas y abstracciones.


Un invierno de aliento algodonado
acechando en el aire,
sospechosa ingeniera de rincones;
certeza temblorosa,
la comadre a la espera
entre viejas maderas:
pañuelo entre las vigas y sábana voraz,
nube construida pero sudario en ciernes,
estrella de ruinosos cielorrasos,
esqueletos predichos por la trama.


La muerte teje el aire;
con escarcha de insectos va adornando
los huecos de collares
y deja un enjoyado de moscas y de élitros:
constelación reseca,
chatarra suspendida de antenas y de artejos
y en el centro el espeso camafeo;
la araña aferra el cielo por las patas
y paree dispuesta a succionarlo.


Si la noche se enreda en esa tela
y el sueño tejedor la cambia en arpa,
qué mudo desconcierto,
qué torpeza de dedos en la araña
sin música su fría geometría,
pero en brisa le baila suave enagua
enhebrando el silencio:


Espuma de la luna,
un fino tallo dulce,
una fiesta de nieve,
una guirnalda de sutiles hilos,
una hebra, una brizna visceral,
una cinta en el viento
y al centro de la cinta el camafeo
ciñéndole al recuerdo los cabellos:
de vez en vez, de paz en paz, a veces,
la memoria se traba en una araña.

Octubre de 1983














Mariposa



La paz laboriosa de la oruga,
el invierno en frutos madurado
hincha un pulmón nebuloso:
un mundo de silencio está temblando
con sueños de poeta simbolista.


Ahí se fragua el arcoiris,
ahí se destila el leve prisma,
ahí sudan antenas,
ahí un cincel de savia
concentra esfuerzos de medusa aérea.


Han sembrado en un capullo
la futura primavera.


Y estalla.
Estalla la oruga en mariposa;
el invierno se adelgaza,
florece a tender escarchas
de aire en aire:
el misterio abre los ojos
a todos los crepúsculos.


Mutación de barro en ángel,
estambre y sexo del cielo,
esposa triangular del pétalo,
la mariposa va moldeando un suspenso
con antorchas de cristal,
un pincel en vuelo pinta el viento,
florece la oruga en mariposa,
la breve mariposa,
la llama de un segundo.

27 de octubre de 1984














Mosca



Cuánto más recóndita o plena
o apenas insistente nada
hay en las acrobacias de la mosca:
un puñadito de miseria,
una tozudez de rinoceronte,
una mancha independiente,
y ahí está:
haciendo de lo tonto algo cabal,
dibujando un círculo eterno en el aire,
lanzada en vuelo sin destino.


El triángulo negro y numeroso,
la constante flecha zigzagueante,
la comensal del universo,
la nunca invitada,
como una cosa omnipresente,
nace del aire
para oponerse a la estrella.
La mosca,
la inoportuna mosca,
enviada ni de la muerte,
voraz tachadura de algún loco,
insensata cifra,
ceniza fangosa,
vieja beata rezadora
susurrando en altares residuales
o adorando los arrabales
de una naturaleza corrompida.


La mosca se encrespa,
sin embargo,
se ensaña,
se avispa
como una audaz guerrera,
sobrevolando en ataque,
con furia de punzante justiciero,
la rebeldía tenaz de la carroña.


Antepasada del gusano,
forjadora de andamios de la ruina,
pequeña parodia de lo muerto y de lo vivo,
antepasada del cobarde,
rumbo equivocado de toda ferocidad,
antepasada de la vida,
sílaba inútil de la muerte.


La mosca es un hervor de turbiones,
una mácula obscena,
el ala grotesca de cada pesadilla,
por sus patas hiede el mundo,
y, bien mirado,
por sus ojos pasamos numerosos,
rodando sin escape
hacia su boca.



12 de noviembre de 1984














Abeja



Oro y dulce abeja en flor
fabricando densamente los sabores,
volante primavera en miel alada,
tejedora de castillos
entre almenadas frondas,
en las cúpulas del árbol,
en un torreón de chispas.


Forja de princesas punzantes
en trenza de cera por las ramas,
sección áurea de la savia,
corazón de hadas laboriosa
en la rubia fiesta del polen.


Enjambran sueños del verano,
gota de sol purificante al pétalo,
suave,
pero muy suavemente
panal en crecimiento
hacia la torre ávida de luz.


Reuniendo fragmentos de abeja
en carne tibia de ángel
y fragua de sonrisas y susurros
por los rincones del viento,
toca el redondo centro de la miel.


La franca abeja conspira
para que viaje más dulce el rocío:
hebra leonada y pan de savias,
rubio secreto entre las flores,
carnal miga de una diosa,
lanza de luz
pero  pincel de brisas.


Se desprende la abeja de una estrella
y suave, pero muy suavemente,
desciende hacia todos los castillos,
los viste de oro espeso,
los encanta con pétalos de cera,
los pinta en acuarelas de ensueño
con paletas traídas
por muy pequeños duendes,
desciende, racimo de fragantes soles,
desciende, frutal navegante de la luz,
desciende
para habitar sin temores
la memoria abandonada de todos los veranos.

1 de agosto de 1985














Caracol


A Carlos F. Aubone



El invierno y la piedra
engendraron el caracol,
marcó la luna sus senderos
con rastros de celofán,
la lluvia trajo en la tarde
un músculo de estrella
y con él formó su carne;
pero el caracol,
sabio ya antes de nacer,
confundiéndolo todo
se encerró a dormir,
cambió de pulso,
torció pacientemente su destino,
empezó a soñarse distinto,
fraguó noches de cóncavos planetas,
alzó unos ojos imposibles
para tocar con timidez la luz,
extendió una lengua vegetal
para alcanzar la velocidad de lo eterno,
se hizo carnal,
indescifrable,
voluptuoso,
se movió con el ritmo de la savia,
se adueñó del musgo,
se pareció al hongo,
giró entre dos tinieblas,
se fundó a sí mismo
como espeso corazón de los inviernos.

Octubre de 1984














Grillo


A mi ahijada Mercedes



La noche suelta un grillo
para espiar las nueces,
para acunar las semillas,
para saltar levemente entre corolas,
acuñando monedas de polen,
acostando al jazmín
sobre las tejas del sueño.


El tibio metal creciente en canto,
brizna vigilante de la magia,
invocación eléctrica de todos los aleros,
madera fugaz,
puño pequeño,
diminuto corazón de cada claro,
el grillo, paciente,
desviste los temores de la noche.
Se le ha caído a la luna
algún juguete,
una uña cayó de alguna estrella,
gemidos apenas del verano
enhebrando nota a nota
el tiempo mínimo del grillo
o deslizando gotas
entre cuerdas
de cristal:


Chirrian goznes
en las puertas de la infancia
y un duende nos visita en los rincones.

8 de julio de 1985














Gato



Cada sonido de sangre,
cada paso caliente,
cada músculo en marcha
se filtra por el frágil sueño
donde acecha la forma del tigre:
en las pupilas del gato del jardín
reposa la selva del gato.


Un fantasma recorre la noche
tocándola con ojos diurnos,
el gato sonriente
calcula las geometrías de la sangre.


Pero ídolo prestándose a la ofrenda,
esfinge dócil
doblegando
la mano en gesto de caricia:
voraz dulzura en suave felpa,
músculo veloz de la ironía,
pájaro sin alas
y ala certera del hambre,
fugaz luna caliente,
delgada apariencia del rugido,
elástico terror,
sombra furtiva y luz
en inquietantes corredores de la noche,
jamás quebrada brizna,
oscuro diapasón del misterio.


Convergentes,
tersa o tensamente,
en su súbita presencia,
yacen vigilantes
todos los ojos del jardín:
el gato es un animal
que finge ser gato.

13 de noviembre de 1984



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IV. Construcciones







Fuente sin agua



Esta fuente sin agua juega sencillamente
con los ojos atentos y manos pertinaces
que decaen contra el fondo
blanco,
sin musgo,
sin resquebrajaduras.


Se abandona secretamente a las bocas asombradas
de las que brotan murmullos opulentos
que se acumulan unos sobre otros
difundiéndose en un balbuceo
que blandamente se esfuma.

1975






Boca muerta



No va a morir así la boca,
apretada con furia entre dos tiempos;
de labio a labio un hálito exhalado,
el mustio último en la plana lengua,
la rota, oral, dulce palabra
atravesada en plenitud por el aire
interrumpido.


La hermosa boca estructurada
por el labio lívido
de repente espesamente derramado
sobre el labio construido;
o de labio a labio
deslizado uno y otro,
entreabiertamente mustio,
la boca hábilmente lapidada.
Esa rota construcción
de carne, de cartílagos, de huesos,
astillas de saliva blanca
cristalizadas
en la voracidad del diente,
en la textura indefensa de la encía,
en la rígida red del paladar,
pero enteramente fundada viva
en función vertical
de la avidez,
del hambre,
la sed,
el aire,
el sexo.


Pétalo de muerte o muerte ya
de quién o en qué, bien a qué flor:
destrucción embarcada en la sal,
lapidación de la tierra,
corrupción voraz de la dulce palabra,
hibernación eterna en agua rota ya.


Qué boca o bien qué muerte por la boca,
la espesa fofa,
la congelada rígida,
la ruidosa húmeda,
la móvil sustantiva,
la trabazón mojada,
la suspensa succión,
la palabra horizontalmente desplegada por chasquidos del conjunto articulado en músculos minúsculos, ordenados sabiamente, modelados minuciosamente por la orfebre
del hálito
pero qué,
qué última construcción del aire
señalará el momento
—aunque no quiere morir así la boca—,
la vívida,
la golosa,
la alegre,
la gloriosa
la pequeña    /    hora    /    del gusano.

25 de octubre de 1984






Artefactos



No se falta nadie de nada
por el sólo ver de lejos
presencias
que ausencia son en cercanía.


Para que no gobierne la distancia
blando aceite lubrica los motores
a que canten con dulzura en duro
pistonear.
Recorre el mundo, así,
o rueda
o marcha
o se desliza
entre suaves engranajes por cintas aceradas.


Palancas erectas,
agujas blancas y negras,
densidad en calma del gas-oil,
casi torpe levedad de cremalleras,
todo un universo amenazado de óxidos
vanamente
pues hay en función una trama de salvamento
al servicio de útiles chatarras.


No gangrena el tiempo las poleas,
o
resiste los espacios distantes
el trueno indispensable
de metales
trabándose y des-
trabándose
a puro indócil movimiento:
sólida, espesa, indestruida,
no adelanta el pie lo que la rueda.


Pura ausencia del cuerpo
resuelta en cables, manivelas, remaches,
tornillos, tuercas, arandelas,
bulones, grampas, bielas, clavos,
pura ausencia de la mano,
doble ausencia del ojo,
aquí no hay padre,
no hay madre,
no hay dolor en carne viva de aleaciones.


No se llora, entonces,
fácil
o difícil
o llorona
o simplemente,
la tosca impresencia del artefacto.


Pero todo,
¡oh!
todo, todo,
de prótesis a muerte,
de presencia plena hasta indeleble ausencia,
es tibia, cabal, manufacturada, rotunda, meditada,
construcción.

11 de marzo de 1987






Agua circular


A Héctor López


El agua sobre el agua;
la calma deslizándose sobre la calma.
Aldous HuxleyContrapunto



Pasa el agua sobre el agua,
corre, fluidamente corre,
y su paso va dejando
claramente
clara fuente de luz,
racimo fugaz, vino de sol,
corre el agua y su curso deja un cuenco, un río, un surco,
lágrima y espada y puente a barco,
y sal de vida y fuente al bando de esa vida,
y vida
fluyente oscura
chupando la claridad del agua:
bocas dadas a la sed,
ojo lagrimal por agua vierte
constante vida por dejarse ver vital;
pasa el agua sobre el agua
y no es agua ni no es agua;
labio desigual sobre hueco de sed,
envuelta, dedo a dedo,
mano en cuenco fluidamente
vuelta
por esa sed bebida trago a trago.
Seme, agua, al claro surco,
seminal,
y al claro reposo, seme, agua,
sueño oscuro.
Pasa el agua y corre, fluidamente corre sobre el agua,
nada pasa, nada, claramente,
nada como el agua,
ni nada es agua ni no es agua nada,
si borra el agua el curso de su curso
vertiendo sobra de nada
pero sombra:
fluidamente el agua vuelve al agua.

30 de marzo de 1984

3 comentarios:

  1. Me ha gustado muchísimo recorrer los objetos de la casa en esta suerte de tour poético de lo que ya no miraré con los mismos ojos.

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  2. Disfruté mucho con estos poemas, pero sobre todo,con la enumeración del "boyante abandono". Es deliciosa.

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